Esta mañana leía que la cantante norteamericana Michele McCain nos recordaba en su facebook que «Hoy no hay conciertos en el mundo». La primera vez que escuché a Michele McCain en directo fue en un concierto de la orquesta Mondragón en verano de 1988 preguntándole a Javier Gurruchaga con una voz inconfundible aquel legendario «¿Qué dices?» en uno de los temas. Aquella voz llenó todo el escenario y resonó en el barrio como una invitación a que despertáramos y siguiésemos el ritmo del espectáculo. Yo estaba en primera fila, apoyado en la valla de seguridad con una mano y sujetando una pequeña grabadora en la otra. Tenía 15 años y presentaba el programa El Gallinero en una radio pirata, Radio Línea IV, en el casal de joves de Prosperitat (Nou Barris).

Hasta aquel verano, nunca había ido a un concierto, y aquellos shows en la plaza Sóller de Barcelona a chavales como yo nos descubrieron un nuevo mundo. A media tarde, pasaba horas a la puerta del camerino esperando que el mánager de turno mee dejase hacer algunas preguntas al cantante y si no a algún músico que estaba cerca del cantante. «Oye que hay un chaval que quiere hacerte unas preguntas, ¿qué le digo? No tiene acreditación ni nada, ¿qué hago?» y tras aquella puerta, escuché emocionado el «que pase» de Coque Malla (Los Ronaldos), Carlos Segarra (Los Rebeldes), Loquillo, Jaime Urrutia (Gabinete Caligari), Paco Ortega e Isabel Montero, Alfonso Aguado (Los Inhumanos) …

En esos conciertos descubrí que se podía ser de un barrio humilde y llegar a subir a un escenario como cuando el público rompimos nuestras manos al aplaudir cuando Gurruchaga recordó que Tony Carmona, el bajista, era de La Guinaueta.

En aquellos conciertos de verano aprendí que detrás de los artistas hay personas. Me quedó muy claro que para hacer periodismo hay que pisar la calle. Recuerdo la crónica del periódico local Sant Andreu Express titulando que el concierto de Los Ronaldos había sido un éxito, cuando el cantante decidió suspenderlo en la segunda canción porque le habían tirado una lata de cerveza y casi le da en la cabeza. Casi 20 años después, Coque Malla aún recordaba aquel momento. Pues bien, el redactor que firmó aquella crónica pasó a media tarde y le pidió el orden de las canciones y a partir de ahí y con una fotografía de los ensayos echó mano de literatura e imaginación y completó una página entera de diario destacando que el público había estado muy entregado y que coreaba todas las canciones. La realidad fue algo diferente.

De esos shows en vivo y de esas primeras entrevistas con artistas que admiraba también aprendí lo importante que es documentarse. Como no había Internet y apenas bibliotecas públicas, le pedía ayuda a mi amigo del colegio, Juan, para que me dejase consultar en el coleccionable de El Periódico el cantante o grupo que iba a entrevistas. Nunca olvidaré cuando, delante de Jaime Urrutia, con mis piernas de 15 años temblando, le lancé la primera pregunta: «Javier Urrutia, líder de Gabinete Calinera». Me cortó en seco y con tono castizo me dijo. No me llamo «Javier, me llamo Jaime». En aquel instante, el mundo se hundió en mis pies y llegué a mostrarle el coleccionable de El Periódico en el que aseguraban que se llamaba Javier. Aprendí que no puedes dar por cierto nada de lo que te digan ni leas, es mejor confirmarlo antes. (lo sigo pensando en estos días locos de Internet).

Y como si una cinta de cromo puesta en la grabadora apunto de llegar al final, tampoco puedo ni debo olvidar la entrevista que hice sin cassette en la grabadora. Fue otro momento de tierra trágame. El cantante de Los Inhumanos no quería entrevistas, uno de sus 30 cantantes le animó, «venga hombre, pobre chaval, lleva más de una hora esperando, sólo serán cuatro preguntas». Cuando fui a activar el REC, no bajaba, porque no tenía cinta, pero ya era demasiado tarde. Con las prisas se había quedado en la mesa del comedor. Respiré profundamente y con la caradura que sólo se tiene cuando eres adolescente cubrí los botones y la carcasa del reporter con mi mano y le hice una de las mejores entrevistas que nunca había hecho hasta el momento, fue un auténtico off the record, porque nunca nadie pudo escuchar aquella conversación, sólo el entrevistado y el entrevistador.


Hoy mi aplauso es para todos los que montan, desmontan, preparan, actúan, aplauden y hacen posible que los conciertos sean y pronto volverán a ser aquel nuevo mundo que me deslumbró cuando tenía acné en la frente. Y este texto acaba como aquellos conciertos de hora y media o dos horas, con bises incluidos. Hasta siempre, hasta pronto.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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