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«Soy un Mesías (su nombre) pero no hago milagros». Respondió así cuando un periodista del periódico Folha de São Paulo le recordó la cantidad de muertes por coronavirus en Brasil. Hoy en ese mismo periódico, el columnista Hélio Schwartsman asegura que está deseando que Bolsonaro muera.

Lo que es indiscutible es que Jaïr Bolsonaro es un provocador nato hasta para dar la noticia de su propio contagio por covid-19, a quien había definido como una pura «fantasía».

«En mi caso particular, en el caso de que fuera contagiado, no me preocuparía porque sería una gripezinha, un resfriado», aseguró el presidente de Brasil en plena pandemia.

En las redes sociales se lidiaba ayer una batalla entre seguidores y detractores en una lucha de hashtags que iban del #ForçaBolsonaro al #ForçaCovid

Y entre tanto, hay quien le felicita por tener un hijo vidente y recupera el twit que supuestamente publicó Eduardo Bolsonaro, aunque no consta en su timeline, en el que el 17 de junio de 2020 decía: «No sabía que el coronavirus daba en los cerdos también».

Consciente de la admiración y odio que genera el presidente de Brasil, envió un saludo a quienes rezan por él y animó a que le sigan criticando «que no pasa nada, tienen libertad para hacerlo».

Por las redes ya corren montajes como los que muestran el resultado de un supuesto test rápido indicando que es «imbécil» o los enterradores que bailan de Ghana aguardando a las puertas del Palacio de la Alvorada.

Como si de un niño travieso se tratase, encantado de ser el centro de todas las miradas, aprovechó sus minutos en los telediarios de todo el mundo. Primero hablando con mascarilla ante la proximidad de los periodistas y luego mostrando su rostro ante la sorpresa y el susto en el cuerpo que se llevó la periodista de TV Brasil, Luciana Collares de Holanda que escandalizada por estar tan cerca de la noticia, se giró para escapar ante el riesgo evidente de contagio.

La propia Asociación Brasileña de Prensa ya ha anunciado que demandará a Bolsonaro ante la Corte Suprema acusado de «poner en peligro la vida» de los periodistas que cubrían la noticia.

«El equipo de Brasil TV que participó de la entrevista con Jaïr Bolsonaro está cumpliendo cuarentena de covid-19 de acuerdo al protocolo del Ministerio de Salud».

El presidente Jaïr Bolsonaro, a sus 65 años, citó ayer a los periodistas en el palacio presidencial para comunicarles personalmente los resultados del test molecular RT-qPCR, que analiza una muestra de la mucosa nasal del paciente, al que se sometió el lunes por la noche en el Hospital de las Fuerzas Armadas y cuyo resultado positivo se conoció en la mañana del martes.

Explicó que comenzó a sentir los primeros síntomas el domingo y no dudó en lanzar a los cuatro vientos las bondades de la hidroxicloriquina, como remedio para reducir los primeros efectos de la covid-19. Después de comparecer ante los medios, ya desde su despacho, no dudó en ponerse ante la cámara para compartir por las redes cómo se tomaba su tercera dosis del día.

A partir de ahora qué, Bolsonaro en cuarentena, pero el virus en la calle. Sus asesores revisan las agendas de sus últimos actos en público, como capitán del Ejército que es y conocedor del lenguaje militar, reconoció: «Estoy en el frente de combate y me gusta estar entre la gente».

Y entre la gente estuvo, sin mascarilla y sin mantener el distanciamiento social, como gran irresponsable pero también como gran responsable de los más de 66.000 muertos que la epidemia se ha cobrado hasta el momento en el país que él gobierna.

Sobre su mesa de trabajo, entre tantos papeles, una carta. La que le envió el presidente de Argentina, Alberto Fernández, donde le desea que se mejore pero donde no podemos pasar por alto un mensaje: «Este virus no distingue entre gobernantes y gobernados».

Y en la memoria de su móvil, la imagen del 4 de julio, tras el almuerzo en compañía de varios ministros con el embajador de EEUU, Todd Chapman, «sin mascarilla y sin respetar la distancia social». Porque aunque el juez federal llegó a obligarle llevar mascarilla en sus mítines, Bolsonaro llegó a vetar su uso y a jactarse al asegurar que nadie le podía impedir ir sin mascarilla en su casa, y la embajada americana, ¿quién le dice que no es su casa?

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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