Tiene 10 años y su madre acaba de llamar al colegio porque ya tiene el resultado de la prueba PCR. Su hija es positivo en covid-19.

La noticia ha recorrido los pasillos y aulas del centro a la velocidad de la luz. Hay que confinar a todo el grupo durante diez días. La maestra llora por dentro y disimula su malestar tras la mascarilla. La niña no se puede reprimir y rompe a llorar sobre el cuaderno. Se siente culpable y no sabe bien el porqué.

Una mano de su profesora sobre el hombro y un «tranquila» logra que la pequeña silencie los sollozos. Con un hilo de voz, alcanza a decir:

«Es que mi papá perderá el trabajo».

Y rompe a llorar. Sus lágrimas recorren el corto camino que separa sus ojos de la mascarilla con el logotipo de TIKTOK.

Es la microeconomía, la que realmente sustenta a los más vulnerables, esa que toca de lleno en nuestro bolsillo, la que angustia a esa criatura, que tan alejada queda del IBEX 35 y de Wall Street.

Con las prisas y los nervios, repara en que ha olvidado la mochila y la chaqueta en clase.

El conserje, ataviado con guantes y mascarilla FP2, acude al rescate protegido por una pantalla transparente que esconde su rostro en la que podemos leer Face Shield.

Sube hasta la segunda planta, recorre el pasillo y atraviesa el quicio de la puerta, abierta de par en par desde que comenzó el curso porque los expertos recomiendan ventilar el aula.

En el pupitre de la segunda fila, colgada del respaldo, allí quedó la mochila entreabierta. En el perchero, una chaqueta huérfana tras la estampida de los 23 alumnos y alumnas que a partir de mañana y durante dos semanas quedarán confinados.

¿Qué pasará después? Nadie lo sabe más allá de que están invitados a conectarse al ZOOM para verse de nuevo las caras y que su maestra les haga el acompañamiento psicológico que reza en los protocolos.

Cuando el conserje vuelve con las pertenencias de la niña, ésta se ha fundido en un abrazo con su madre recién llegada porque el amor materno no entiende de protocolos y es la mejor vacuna ante la desesperación de una criatura.

«Saldremos adelante, ya lo verás». Y se dirigen hacia la salida cruzando el patio en el que hasta hace pocas horas jugaba a ser modelo con las amigas.

Se seca las lágrimas desplazando su pequeña mano sobre el cuaderno para secar alguna gota que se precipitó desde sus ojos, mientras el viento sopla las hojas secas que bailan la danza del otoño.

Madre e hija se pierden entre los coches. Cae la tarde y se borran las huellas de la tristeza pero afloran las de la incertidumbre.

Se escucha cómo escurre la fregona la mujer de la limpieza y en la radio suena Lágrimas Negras con Diego el Cigala.

Una ambulancia se abre paso. La vida sigue … y la muerte también.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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