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The Tonight Show Starring, que presenta Jimmy Fallen, en la NBC comenzó sin música y preguntándose “qué hicimos mal, en qué nos equivocamos” y reconoció que “estar en silencio es lo peor que podemos hacer ante una situación como ésta” e invitó a su audiencia a que “todos nos miremos al espejo” y nos propongamos hacer algo en firme para acabar con el racismo.

Los mensajes en las redes sociales no han cesado desde que las imágenes de los últimos minutos de vida de George Floyd diesen la vuelta al mundo. La periodista norteamericana Oprah Winfrey ha reconocido con tristeza: “No he podido sacar la imagen de la rodilla de su cuello de mi cabeza. Está allí todas las mañanas cuando me levanto y cuando realizo las tareas cotidianas del día. Mientras sirvo café, me ato los zapatos y tomo un respiro, pienso: no pueden hacer esto”.

La periodista norteamericana, desde su casa y pendiente de la actualidad a través de todos sus ordenadores ha sentenciado: “Y ahora, al ver el vídeo desde el otro ángulo de otros dos oficiales inmovilizándolo. Mi corazón se hunde aún más profundo”.

#GeorgeFloyd va más allá de un hashtag que se evapora en el ciberespacio, se ha convertido en un símbolo de la lucha antiracial de nuestros tiempos y que está sacando lo que muchos países de todo el mundo esconden debajo de la alfombra: desigualdad, racismo, clasismo, sometimiento y abuso de autoridad.

Los efectos de la epidemia de la covid-19 está marcando aún más la evidencia de que como tantas otras veces no lo afronta igual quien reside en una lujosa casa con jardín que quien duerme en la calle, quien está más expuesto al contagio por verse obligado a ejercer los trabajos menos cualificados y peor pagados que quien teletrabaja, compra online y da órdenes a sus empleados a golpe de whatsapp desde el salón de su casa.

El caso de George Floyd, este hombre de 46 años, era el perfil de un padre con dos hijas (de 6 y 22 años) que con la llegada de la epidemia fue despedido como vigilante de seguridad al cerrar el restaurante en el que trabajaba. Su propia familia lo definía como un gigante gentil, por su altura y bondad. Era un apasionado del baloncesto y se da el caso que el jugador de la NBA, Steven Jackson era su amigo está asumiendo el coste de los abogados y encabeza manifestaciones pidiendo justicia por la muerte de George Floyd.

Después de días de disturbios en las calles de las principales ciudades de los Estados Unidos y de manifestaciones en muchos países del mundo, vamos conociendo cada vez más detalles de su muerte y de lo que saca a la luz una sociedad enferma y para la que se necesita con urgencia aplicar una vacuna que sea efectiva y erradique el racismo y el odio de nuestras calles y de nuestro día a día.

Ahora sabemos que George Floyd tuvo su cuello presionado por la rodilla del agente 8 minutos y 46 segundos, que el motivo de su detención fue un supuesto billete falso de 20 dólares con el que el fallecido había pagado una compra, que el primer informe policial destacaba que sus “problemas de salud subyacentes y una enfermedad cardiaca probablemente contribuyeron a su fallecimiento”. Pero también sabemos ya que el informe de la autopsia publicado el lunes confirmó que George Floyd murió de “asfixia por presión sostenida”.

Y ¿cuáles fueron sus últimas palabras? “No puedo respirar”, que se ha convertido en el mensaje que estos días repiten los manifestantes por las calles exigiendo justicia. 

Pero sin duda, la palabra que ha llegado al corazón de más gente es la última que exclamó dos veces este hombre de 46 años antes de morir: “Mamá”.

Hay diversos estudios que demuestran que son muchas las personas que se dirigen a su madre en el momento de dejar la vida y así lo ha confirmado personal sanitario que ha atendido a los heridos en conflictos bélicos.

Pero, y ¿cómo se paran los disturbios? ¿Cómo se evitan nuevas muertes? El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es experto en lanzar gasolina sobre el fuego de las redes sociales y lo ha vuelto a hacer compartiendo su fotografía con una biblia en la mano, enviando las tropas a las calles y decretando toque de queda nocturno en 25 ciudades del país.

Pero cada vez son más las voces que piden calma y que la destrucción de los comercios y negocios no es la solución. La actriz Whoopi Golberg reconoce que lleva días sin pegar ojo y hace un llamamiento en las redes sociales insistiendo en que “la violencia no es el camino”.

El propio hermano de la víctima, Terrence Floyd, viajó de Nueva York a Mineapolis y se personó en el lugar del homicidio donde alertó a los manifestantes: “Si yo no estoy aquí fuera de control, si no estoy destrozando cosas, ni no estoy arruinando a mi comunidad … ¿Qué están haciendo ustedes?”. Protegido por una mascarilla con el rostro de George Floyd impreso, y con un megáfono en la mano, sentenció: “Mi familia es una familia de paz. No hagan nada. Eso no va a traer a mi hermano de vuelta”, refiriéndose a los disturbios que se están produciendo en los últimos días.

Su intervención improvisada ante un mural pintado en una de las fachadas con el rostro de su hermano rubricado con el mensaje “Tu puedes respirar ahora” y muestras de solidaridad y respeto expresadas en escritos y ramos de flores, animó a los asistentes a repetir: “Paz en la izquierda, justicia en la derecha”, con el puño en alto, reivindicando una vez más que las reivindicaciones sean pacíficas y exigiendo justicia.

Microracismos

“Panchito”, “sudacas”, “vistes como un gitano”, “de color”. Son expresiones coloquiales bastante habituales en el día a día. Algunos añaden “te lo digo, en el buen sentido de la palabra”, como queriendo salir del jardín en el que han entrado en plena conversación.

Algo que molesta especialmente es que a alguien se le considere racista. “Yo no soy racista, pero los inmigrantes nos vienen a quitar el trabajo”. Es un comentario que está al cabo de la calle. Coincidiendo con la epidemia del coronavirus y con la llegada de la recogida de la fruta en Lleida, hemos visto centenares de personas durmiendo en las calles y trabajando en el campo en condiciones precarias. Cuando esas imágenes han saltado a las redes y los propios trabajadores han denunciado públicamente que les rechazaban de los hoteles, a pesar de que el jugador de fútbol Keita Baldé les pagaba el hospedaje, las autoridades locales se han apresurado a decir: “En Lleida, no hay racismo. Bueno, como en cualquier lugar”, respondía esta misma mañana una entrevistada en un programa de radio local.

Los microracismos, aunque nos incomode admitirlo, están presentes en nuestras conversaciones, nuestros gestos y nuestras reacciones mucho más habitualmente de lo que pensemos. “Yo no soy racista, pero que mi hija no venga a casa con un moro de esos”. Seguro que esta respuesta puede pareceros familiar.

Estos días, con la muerte de George Floyd vemos claramente el racismo, pero ¿detectamos de igual manera el microracismo?

Si hay un futbolista que ha luchado contra el racismo es Samuel Eto’o, quien recién llegado de Camerún a Europa se sinceró ante los periodistas: “Quiero trabajar como un negro, para ganar como un blanco”.

Y ahora que el racismo sobrevuela Estados Unidos, no olvidemos que acabará aterrizando en Europa. La ignorancia se puede combatir con la educación, más fácilmente que el racismo. Y no olvidemos que hay partidos políticos, el propio Trump en año electoral, que se agarran a una bíblia, al ejército, al nacionalismo o a lo que haga falta, para llegar a los cargos de responsabilidad, al precio que sea porque como hoy mismo dijo el presidente de Brasil Jair Bolsonaro “la muerte es el destino de todos” y con argumentos como éste, los hay capaces de pisotear el “Black lives matter” (las vidas de los negros importan), dejando su huella para la historia y para la histeria. Y es que a veces, se hace difícil respirar porque hay quien se empeña en quitarnos el aire.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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