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Fuiste de los primeros en salir a aplaudir a los sanitarios y en recordarnos que “los ángeles visten de blanco”, incluso antes de que nadie pensara en hacerlo. Tus vecinos te conocían y los que no éramos tus vecinos también. Te has dejado muchas tapas por tomar en el bar La Plata y también queda pendiente que el bar Perikete, de debajo de casa, se vuelva a llenar y ha quedado un vacío muy grande en el balcón de la calle Llaurer, casi tan grande como el que ha dejado tu marcha en millones de corazones y muy especialmente en el de Sara, esa joven de 16 años con la que estuviste apunto de bailar en el videoclip de “Eso que tú me das”, pero que contemplabas orgulloso mientras cantabas desde el terrado. Amor de padre que decidiste tatuarte en los dedos de tu mano derecha.

Imagino los ojos atentos de tu vecino y amigo Yue, que hace pocos días te envió una carta llena de amor desde el edificio de enfrente, uno de tus más fieles y cercanos seguidores, tan agradecido porque compartiste su regalo con tus miles de fans. Son esas pequeñas cosas Pau, que nos hiciste apreciar, consciente de que “el tiempo es humo” en un mundo lleno de “amigos desconocidos”.

No tuve la suerte de conocerte, o igual sí, porque eres de esas personas a las que aunque no se las conozca, se las adivina. Sí que recuerdo uno de tus primeros conciertos, era 1996 y en la Universidad Autónoma de Barcelona, los pasillos de camino a la biblioteca anunciaban una fiesta con la actuación de algunos grupos, entre ellos Jarabe de Palo. Me llamó la atención porque mi padre siempre me decía que para ser algo en la vida había que tomar mucho jarabe de codos, que traducido quería decir que había que pasar muchas horas estudiando, hincando codos.

Me pareció un nombre raro, lo reconozco, y con 23 años te cuesta entender el significado de los palos que te da la vida, aunque a esa edad ya hubieras recibido alguno. Recuerdo que pasé cerca de aquel escenario instalado en los bajos de las facultades de Humanidades, cerca de la cafetería, había gente, no demasiada, era al mediodía y todavía el locutor Jordi Gasoliva no había puesto La Flaca por todas las emisoras de Cadena 100 y faltaba mucho tiempo para que Jordi Évole, el follonero, te interrumpiera desde el público en un programa de televisión en un excelente juego de guión para quitarte mérito argumentando que todas las canciones parecían iguales. Y mucho después, llegaron los premios como aquel Grammy Latino por “Depende”, y la montaña rusa que te hace estar arriba o abajo dejando su estela en el tiempo que nunca volverá.

Y llegó el día que te desnudaste, no sólo para aquella portada de El Dominical de El Periódico de Catalunya sino para todos nosotros y nos compartiste que el cáncer de colon llamó a tu puerta con un simple dolor de barriga y pregonabas a los cuatro vientos la necesidad de hacernos una revisión llegados a cierta edad.

Y en ese desnudo integral nos hablaste de lo que más te dolía en el corazón, de cómo te agarraste a la guitarra que te regaló tu madre poco antes de suicidarse cuando apenas tenías 16 años, y desgarraste tus sentimientos a golpe de acorde y escribiendo más de un centenar de canciones y un libro 50 palos … y sigo soñando.

Y un día, pisaste el freno y decidiste bajarte del escenario para estar con los tuyos, con tu padre en Montanuy y con tu hija por tierras de California. Les debías ese tiempo que la fama te había arrebatado para colmarte con otros placeres. Y volviste, para decir adiós.

Y después de 5 años conviviendo con el “cangrejo”, te negaste a marcharte sin despedirte. En un disco duro, queda la entrevista pendiente de editar en el Final Cut Pro X de Producciones Del Barrio, la conversación que durante dos días grabaste con Évole, quien hasta no hace nada recibía mensajes de whatsapp tuyos y quedó pendiente la entrevista que habías apalabrado con Pablo Motos pero que nunca veremos porque no llegó a producirse.

Nos dejas tu música, tus letras y tus huellas en las redes sociales, como las que dejaste a aquellos chavales en el Conservatoire des Arts et Metiers Multimedia en Bamako (Mali) durante los siete días que allí estuviste sumando en el proyecto de la asociación VOCES, también el recuerdo que les quedó aquella mañana a los alumnos del colegio de Montanuy cuando apareciste por sorpresa en su clase y el concierto gratuito en las fiestas patronales cuando el caché de Jarabe de Palo estaba en lo más alto.

“La vida es un regalo”, le comentabas hace poco a Pablo Motos, y correspondías con tu agradecimiento cada vez que se brindaba la ocasión, actuando para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer y hasta en plena pandemia, entregando 2.500 mascarillas al Hospital Sant Joan Despí Moisés Broggi. Eternamente agradecido a la sanidad pública y a sus profesionales como demostraste en las largas horas que pasaste en el hospital de la Vall d’Hebrón donde muchas veces escuchaste aquello de “o tragas o escupes” y en tantos otros centros sanitarios como dejaste constancia en esa imagen de instagram en la que saludas arropado por el personal del hospital Miquel Servet de Zaragoza.

Y apenas hace dos meses, rompiste el confinamiento y saliste al balcón a decirnos, abriendo la ventana al mundo en que se transformó tu móvil, que volvías “porque pisar el escenario es lo único que pienso” y en Tronco Records, la República independiente de Jarabe de Palo, casi no pegaron ojo y como ratoncitos en el estudio trabajaron para adelantar las fechas del lanzamiento del nuevo disco “Tragas o escupes”, conscientes de que en cualquier momento habría que poner una imagen congelada como la que desde ayer cuelga en la web oficial del grupo con un “Adiós .. pero hasta luego”.

Pero esta carta al vecino de enfrente, no podía acabar sin darte las gracias porque aunque “naciste en la cara buena del mundo” nos ayudaste a ver que “la vida es urgente, la vida es una y ahora” o como le dijiste a la cantante Marina Rossell “somos agua y polvo”.

Y a esta hora, me imagino al pequeño Yue, esperando que salgas a tu balcón con la guitarra porque #jarabedepalovuelve. La puerta del balcón sigue cerrada, en el terrado no queda ni rastro de aquella fiesta que vimos en el videoclip. Ese vacío que dejas, lo has llenado compartiendo tu optimismo a cada una de las personas que ahora te recuerdan en sus mensajes que hilvanados nos ayudan a tejer una gran lección de vida. Estoy seguro que alguien guardará en su memoria la carta de Yue, porque aunque no te vea, con el tiempo sabrá que su vecino y amigo Pau nunca se fue, porque se hizo eterno.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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