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Con una mano delante y otra detrás. Así nos dejan cuando de la noche a la mañana nos quedamos sin restricciones en medio de una pandemia. En Nueva York se ha levantado la obligatoriedad de llevar mascarilla incluso en espacios cerrados, en Suecia y en Dinamarca ya no hay restricciones. Parecen abrir las puertas a la variante ómicron, a juzgar por las cifras, la menos mortal en lo que llevamos de pandemia.

En algunos países, hemos pasado de rastreadores detrás de cada esquina a no hace falta la cuarentena si estás vacunado. Y el certificado Covid quedó en papel mojado o como los yogures, ha caducado.

De reuniones de menos de 10 personas a estadios llenos hasta la bandera. De contar muertos a diario a hablar de que la tendencia mejora y de escuchar que hay menos fallecidos que ayer pero nadie se aventura a pronosticar los que habrá mañana.

En la agenda setting de los informativos merece más espacio el polémico voto del jurado del Benidorm Fest que las cifras de positivos en las escuelas, porque entre otras cosas «las escuelas son seguras» porque lo dice el consejero o la consejera de turno.

En un día del mes de enero, hubo 385 muertos por Covid en España. Es como si se hubiera estrellado un Boeing en el aeropuerto de Barajas, pero la noticia no entró en el Telediario.

Las cámaras dejaron de enfocar a los hospitales porque ahora la mirada está puesta en la frontera de Rusia con Ucrania o en la distancia de la mesa que separa a Putin de Macrón. Tampoco importa ya lo que pasa en Afganistán ni si los canarios de La Palma han podido limpiar o no las cenizas del volcán.

El gobierno de España ha aprobado eliminar la obligatoriedad de ir con mascarilla por la calle, se rompen las burbujas en las escuelas y parece que se da por acabada la pandemia, pero sólo lo parece.

Pocas horas antes de las nuevas medidas, o de la reducción de medidas, hasta el Rey ha dado positivo, «pero con síntomas leves» se apresuraron a comunicar desde la Zarzuela.

Estamos a nada de calificar como «gripezinha» lo que hasta hace pocos días era un gripazo del 3 que te mandaba al otro barrio.

Con la desaparición de buena parte de las restricciones, nos quedamos algo más desnudos en medio de la epidemia mundial que nos acompaña desde hace dos años.

Que sea lo que Dios quiera, y que el virus nos pille vacunados.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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