Magada Camps en un momento de la entrevista para GlocalLa autora del poemario Kintsugi en un momento de la entrevista grabada en Barcelona para su publicación en Glocal.

Entre el aroma a café y el bullicio del Eixample barcelonés, nos sentamos con Magda Camps. A sus 21 años, esta estudiante de Trabajo Social nacida en Menorca debuta en la literatura con «Kintsugi: la belleza de tus cicatrices», un poemario que es, a la vez, un puente entre la calma de su isla y el asfalto de la gran ciudad.


Barcelona es una ciudad que no duerme ni deja dormir. En ese escenario, Magda Camps (seudónimo de la autora) ha encontrado el espacio para reconstruirse. Su libro, editado por Círculo Rojo e ilustrado por su hermana, no es solo poesía; es un mapa emocional sobre la pérdida, la soledad del estudiante emigrante y la superación.

De Mahón al asfalto de Barcelona

Llegas a Barcelona con 18 años, dejando la protección de Menorca. ¿Cómo fue ese choque con la realidad?

Vengo de Mahón, donde hay una quietud y un conocerse todo el mundo que no tiene nada que ver con esto. Barcelona es individualismo y ruido constante. Fue crecer de golpe; ser independiente a una edad muy temprana es algo que no todo el mundo entiende, ese tener que irte de casa para poder estudiar.

Para tu debut literario has elegido el seudónimo de «Magda Camps». ¿Qué hay detrás de ese nombre?

Es un homenaje a mis dos abuelas. Magda era el nombre de mi abuela paterna, y Camps es el apellido de mi abuela materna, que falleció recientemente. Ella siempre me dio mucha fuerza para creer en mis objetivos; le dedico el poemario a ella.

Kintsugi: El arte de la resiliencia

El título de tu libro parece una declaración de intenciones. ¿Es tu forma de recoger los pedazos tras estos años difíciles?

El Kintsugi es una técnica de cerámica japonesa: cuando una pieza se rompe, se pega con un pegamento dorado. En lugar de tirarla, se resaltan las cicatrices, convirtiéndola en una pieza única. De eso trata el libro: no importa de dónde vengas o lo que te haya pasado, puedes remontar sin esconder las roturas, porque son parte de ti.

Tu hermana, que estudia Químicas, es quien pone las imágenes a tus palabras. ¿Cómo es el proceso creativo entre dos mentes, a priori, tan distintas?

Fue un «tira y afloja» muy bonito durante el verano de 2025. Ella le dio al proyecto una parte orgánica y familiar. Los dibujos son en blanco y negro en todo el libro, excepto en el último capítulo, donde aparece el color para simbolizar que, bajo las cicatrices, siempre hay esperanza.

«Estar solo es una cosa, y otra muy distinta es sentirse solo. Salir de la zona de confort ayuda a darte cuenta de quién eres realmente».

Poesía como refugio y denuncia social

Estudias Trabajo Social. ¿Cómo influye tu carrera a la hora de mirar las cicatrices ajenas?

Es mi día a día. El Trabajo Social te permite ver realidades como la inmigración o la soledad en hospitales. Esa visión empática me ha ayudado a convertir la realidad en arte, visualizando que está bien sentirse mal, siempre que mantengas la esperanza.

En el libro tocas temas complejos como la dismorfia corporal. ¿Es la poesía tu herramienta para visibilizar lo que la sociedad oculta?

Totalmente. El capítulo de dismorfia lo escribí en un avión tras leer noticias sobre niñas pequeñas obsesionadas con la perfección. Hay que hablar de esto. También hablo de hacerse mayor, de las arrugas y las canas. La sociedad quiere ocultar el paso del tiempo, pero es muy bonito llegar a ser mayor.

También actúas como una suerte de «Celestina» o confesora en tus poemas románticos…

(Ríe) Sí, muchos poemas están inspirados en situaciones de amigas. Hay una parte dedicada a las relaciones tóxicas, ese mensaje de «amiga, date cuenta». El poema Boomerang, por ejemplo, habla de ese amor que vuelve para lastimarte y de la necesidad de romper el juego para sanar.

El libro Kintsugi que muestra la autora en sus manos está editado por Círculo Rojo
La autora se esconde bajo el seudónimo de Magda Camps en homenaje a sus abuelas.

¿Qué le diría la Magda de hoy a la joven de 18 años que salió de Menorca con la maleta llena de dudas?

Le diría que no tenga miedo, que tirarse a la piscina está bien. Salir de la zona de confort no es tan peligroso como parece y es vital para crecer.

El café prácticamente se ha enfriado en la mesa pero la conversación nos deja una calidez que va mucho más allá de esa taza. Magda Camps nos ha recordado que no hay que tener miedo a las grietas, que irse de casa, enfrentarse a la pérdida o no reconocerse frente al espejo son las líneas maestras de nuestra propia arquitectura. Muchas gracias Magda por permitirnos ser parte de tu catarsis en Glocal y recordar sobre todo que no hay que esconder las grietas, hay que dejar que luzca el oro. Dejamos que Magda de los últimos sorbos de este café que nos ha acompañado durante toda la entrevista.


Dónde encontrar «Kintsugi»

El poemario de Magda Kams ya está disponible en:

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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