El Real Madrid pide a sus aficionados que no se congreguen para celebrar el campeonato de liga. Eso es como decirle a un adolescente que guarde sus hormonas en la mochila. 300 policías custodiarán la plaza de Cibeles, pero creo que todos coincidimos en que la afición blanca no se quedará aplaudiendo desde el balcón de casa como en tiempos de confinamiento. Y todo eso en una ciudad en la que, por decisión política o por falta de decisión, no es obligatorio el uso de la mascarilla. ¿Somos o no irresponsables? Como diría Shakespeare, «this is the question».

En Barcelona, la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau, lamentó ayer que «el Govern llegó tarde a Lleida y ha llegado tarde al área metropolitana». Recomendó a los ciudadanos que nos quedemos en casa, pero nos invita a que vayamos a las actividades culturales en la ciudad previstas para este fin de semana como el Festival del Grec, o lo que quedó de él, el Cruïlla o les Nits al Fòrum porque asegura que son eventos en los que se garantiza la higiene .

¿Pero y quienes no viajamos en coche oficial desinfectado con ozono? O dicho de otra manera, ¿para llegar a los actos se garantiza la higiene?

Hace unos días subí por primera vez en metro desde hace unos cuatro meses. Si no lo viese tan arriesgado, lo recomendaría a cualquier hijo de vecino, prefiero no incitar al riesgo de contagio. Imposible mantener la distancia social, cerca de un centenar de personas en el mismo vagón, algunos sin mascarilla y tosiendo, nadie vigilaba, nadie recomendaba, nadie multaba. De hecho, no había personal del metro de ni de seguridad, ni en taquillas, ni en pasillos, ni en vagones. Supongo que detrás de las cámaras alguien habría teletrabajando, el oficio más demandado en nuestros días.

Seguro que fue un hecho puntual y tuve la mala suerte de cruzar la ciudad justo en el cambio de turno o cuando todos fueron al lavabo. Pero eso es lo que vi o no vi tanto de ida como de vuelta. También me crucé con mucho irresponsable, pero ya casi me estoy acostumbrando a convivir con esa especie que prolifera por calles y plazas.

Esa fue mi experiencia en el transporte público de la ciudad condal, pero ya han pasado quince días, y ahora sé que, como dice la publicidad, no viajé sólo, viajé con Karma.

Hasta el supermercado te ofrece gel hidroalcohólico y guantes al entrar.

Hasta el párroco de la iglesia que sustituye al que murió por covid-19, por mucha fe que tenga, sabe que está en nuestras manos y no sólo en las de Dios que nos contagiemos todos. Será por eso que retiró el agua bendita, señaló con cruces los asientos anulados en los bancos frente al altar para mantener la distancia social y ahora se da la Paz con un saludo en la distancia parecido al Ritsu-Sei, esa reverencia que hacen en kárate al entrar y salir del tatami.

Son muchos los que señalan a los adolescentes, como el vecino que esconde los mecheros y la marihuana en el techo del ascensor y va sin mascarilla porque «ya, es que me molesta y no va conmigo, loco». «Yo sí que no voy contigo, loco», le respondí ayer. Lo de «loco» es una muletilla que añade después de cada tres o cuatro palabras, pero que le define perfectamente y le hace destacar entre los grandes irresponsables de esta Nueva Anormalidad que en algunas ciudades nos lleva a volver a la casilla de salida, eso a quienes tenemos casilla o pisillo, porque sigue habiendo gente que duerme en la calle.

Esa es la situación en Barcelona y su área metropolitana como antes lo fue de Lleida y la comarca del Segrià. Esta noche he soñado con las palabras que ayer dijo la consellera de Sanitat Alba Vergés: «La mejor manera de detener el virus es no contagiarnos». Pensé que era un sueño, pero mientras desayuno veo que no es así, es el titular de algunos digitales.

Pero en Aragón y en algunas zonas de Galicia, la situación no es mejor. Cada vez hay más lugares de España en los que se recomienda, se sugiere, se prohíbe con la boca pequeña, que no se salga ni se entre, buscando eufemismos para no usar la palabra confinamiento que tan devaluada quedó durante más de 3 meses en España.

Estamos en la fase del quiero pero no debo, y algunos de nuestros dirigentes tropiezan de nuevo con la misma piedra en la desescalada porque, como quien no encuentra el móvil, olvidaron el significado de la palabra humildad y reiteran que estamos mejor preparados, que no hay por qué preocuparse, que son casos controlados, entre tanto descontrol y descoordinación.

El propio ministro de Sanidad, Salvador Illa, tenía dificultad para explicar ayer en Onda Cero la disparidad de cifras de contagiados en España y Catalunya, sin poder precisar si eran datos de las últimas 24 horas o de los últimos días.

Volvimos a escuchar que estamos mejor preparados que nunca, si olvidamos que nuestros facultativos esperan la nueva oleada con la reserva en sus baterías, proliferan palabras como «pequeños brotes» (que tanto nos recuerdan a aquellos hilillos de plastelina del Prestige), «casos aislados», «focos controlados» o «sólo 2 muertos» (si tenemos en cuenta que ninguno de los dos difuntos eran familiar directo de quien daba la noticia), se reiteran en los titulares de las cabeceras de los informativos.

En esos minutos de contarnos cómo está el mundo, nadie repara en mostrarnos un capítulo más de Un país en la Corona, con los Reyes de España recorriendo el Reino, manteniendo las distancias protocolarias y evitando pisar los charcos de la investigación sobre los asuntos privados del Emérito, pero convocando a la ciudadanía para recordar que juntos saldremos mejor, juntos pero no apiñados, que algunos parecen olvidarlo.

Por cierto, que los Reyes visitan el lunes Catalunya y el president de la Generalitat, Quim Torra, se ha apresurado a advertir que «hay que evitar desplazamientos innecesarios». Mejor que nos quedemos en casa, viene a decir.

Y todo esto mientras los líderes independentistas han salido de la cárcel, precisamente para ir a casa, acogiéndose al tercer grado y les faltó tiempo para acudir a abrazar a diestro y siniestro, a pie de calle, como si ser independentista o preso político (como recordaba Dolors Bassa en su mascarilla) les hubiese generado anticuerpos contra la Covid-19.

Este escrito va más allá, no tiene fronteras y va dirigido a todos aquellos queridos irresponsables que están como la Lotería, bien repartidos por toda la geografía. De poco sirve hacer un gran acto de Estado para recordar a las víctimas y rendir homenaje a los trabajadores de primera línea si después no les dotamos de medios y medidas suficientes para la nueva oleada, de la que pocos o nadie quiere hablar.

Este fin de semana, Baleares recibe casi 2.000 vuelos, de los que más de 700 serán operaciones nacionales. Dejó de sonar la música de Cristina y Los Stop del «Salud, dinero y amor» y fue reemplazada por el «Money, money, money» de ABBA.

Como contrapartida, esos miles de turistas aterrizarán sin la necesidad de mostrar un Test PCR de los últimos 5 días, ni pasar una cuarentena, como sí nos podemos encontrar en otros destinos.

Pero para quien piensa que las autoridades del Archipiélago no hacen nada, es equivocan. El Govern Balear ha decretado el cierre de las calles Punta Ballena de Magaluf, la «calle de la cerveza» y la «calle del jamón» de la Playa de Palma.

Los turistas de borrachera pronto inaugurarán la «calle de la sangría», la «calle de las Bravas» o la «Plaza del Botellón» aunque todavía no se publiciten en los folletos de los touroperadores como sí hacía en sus años dorados el Ballerman 6 (Balneario 6) del Arenal de Palma de Mallorca, famoso internacionalmente por vender cubos de fregar llenos de Sangría y pajitas de medio metro con las que rodearse de amigos hasta caer rendidos sobre la arena de la playa por el coma etílico como fin de fiesta garantizado.

A estas alturas del campeonato, las que se han tomado en las últimas horas parecen medidas que, aunque necesarias, son insuficientes para evitar lo que parece inevitable, que se propague la epidemia y vuelvan a colapsarse hospitales y cementerios.

Hay decisiones políticas que se parecen demasiado a la avestruz que esconde la cabeza y deja el cuerpo fuera o a quien se empeña en tapar el sol con una mano. Que el coronavirus no se vea, no quiere decir que no esté.

Esas fiestas de fin de curso que sí se hicieron, esos abrazos que sí se dieron, esa vuelta al cole para despedirse que no gustó a nadie, esas verbenas con compra de petardos incluídas que se permitieron y que las propias autoridades animaron a celebrar «con responsabilidad», esas fronteras abiertas o ese día de Sant Jordi del 23 de julio que todavía esta mañana se anuncia por redes sociales cuando en Google buscas la palabra Barcelona.

Tranquilos, queridos irresponsables, que como decía ayer un empleado del supermercado a un cliente: «Póngase la mascarilla, porque no sabe si dentro de dos días usted va a estar en la UCI».

Tranquilos, no os espantéis aunque se escuchen toses por el patio interior del edificio, siempre habrá sirenas de ambulancia dispuestas a escucharse para llevarnos rápido al hospital, siempre habrá médicos sin dormir con vocación de salvarnos la vida para colocarnos un respirador cuando nos falte el aire.

Podéis seguir viviendo como si no hubiera un mañana, porque queridos irresponsables, en algo os doy la razón, para algunos ya no hay un mañana. Ayer murieron 4 personas más en España, queridos irresponsables.

Por Jesús Abad

Periodista multimedia desde 1996

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